Kurt y yo comentamos mucho muchas cosas, y una de ellas es que
Juan es cantidad de glamouroso. Y como además es un encanto, si te invita a una fiesta por su 40 cumpleaños pues vas y ni te planteas otra cosa.
Yo me esperaba algunas cosas del evento. Esperaba encontrarme con gente que hace tiempo que no veo y que siempre me da alegría, porque son un atajo de personas que consiguen hacerme reir en cuestión de minutos y eso es estupendo para la gimnasia facial. Esperaba encontrar un local chulo y asuntos ricos de comer. Esperaba musicón, algún cóctel.
Y esto es lo que me encontré: Dos puertas grandes y negras en mitad de una de esas calles terriblemente residenciales del Viso, donde se oye copular a los gatos pero no hay rumor de fiesta por ninguna parte. Llamas al timbre y te hacen pasar a un local mágico donde Juan como siempre sonríe un montón y tú dices ay qué bien todo, y lo piensas. El sitio es alargado, tiene hortensias, cuadros de todos los tamaños, sillas de enea, un tablao, camareros de catering con camisetas negras, amiguetes, desconocidos, buen rollo, sushi y una chica rubia que se gira y dice
tu debes ser uma.
Y así nos instalamos Pablo y yo en la tribu que lideraba
Dwalks (en altura y capacidad de entretenimiento) y que integraban unos estupendos extraños que iban dándote sus nombres interneteros y se convertían en primos segundos en cuestión de segundos. Un placer conocer a Cranston,
Hans, QuietaLeona, la Chica Química y compartir esa riada de gintonys con
La Mujer Tirita. Merci pour la fête. Feliz verano a todos.
Mañana os cuento mis novedades mundiales.